La Selva Negra – Alemania


La Selva Negra es una enorme extensión de montañas cubiertas de pinos y abetos casi encimados los unos sobre los otros de un tono verde oscuro que al atardecer, cuando la luz se va apagando y una ligera bruma los cubre, parece que fueran negros. Pero no es ni selva, ni negra y se extiende en el suroeste de Alemania, en el estado de Baden-Wurstemberg, desde Karlsruhe en el norte hasta, Freiburg en el sur, casi contra la frontera con Suiza, Francia y Alemania.En alemán, es la Schwartzland.

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Cuando llegamos, luego de manejar 4 horas y media desde Bad Endorf, vía Munich y bordeando el lago Constanza, otra maravilla de la naturaleza y del hombre, me sentí como Heidi en la montaña, rodeada de cabras y vacas.

Pero al día siguiente, cuando empezamos a recorrer los senderos que cruzan los densos bosques, atravesando pueblitos de chalets de madera, con persianas rojas, sentí el encanto de esta región a la que los romanos llamaron Selva Negra.

Hay cientos de pueblos, algunos más turísticos que otros, y hay granjas de productores de vid y de manzanas, centros madereros y miles de pequeños hoteles encantadores que albergan ciclistas, motoqueros, escaladores o simplemente familias que vienen a caminar por los senderos de montaña y a degustar los productos típicos de la región. En invierno, hay varios centros de esquí muy concurridos también. De Freiburg ya contare en otra ocasión porque merece comentario aparte. Es una de las ciudades más lindas que conozco.

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El primer día de Selva Negra lo dedicamos a visitar los pueblos más típicos o por lo menos los que en los apuntes viajeros son considerados los más bellos pueblos . Internándonos por la carretera que nos llevaba a Schiltach, en el medio de la región, nos topamos con el lago Titisee( lago Titi ya que see es lago en alemán)) que dice la leyenda se llama así en honor al general romano Titus que incursionando por la zona como solían hacer los romanos, quedo maravillado por su hermosura. No tenían mal gusto los romanos, porque el lago es bellísimo, rodeado de dos altos montes cubiertos de bosques y de preciosas casas. Aquí el hombre completó la naturaleza, dotando al lago de embarcadero, lanchas eléctricas y a pedal y dos barcos también Eléctricos que ofrecen  paseos.Hay un sendero para peatones y ciclistas y una calle principal que alberga las infaltables tiendas de souvenirs y cafés y restoranes. Hay varios hoteles y a pesar de la cantidad de turistas, reinan la paz y el silencio.

Seguimos nuestra ruta hasta Schiltach, hasta hoy la joya escondida de la región, a orillas del río Kinzig. Desde sus comienzos la ciudad se dedicaba al transporte de madera por el río para lo cual construían unas balsas cuyas maquetas se exhiben en el museo de la casa del molino. Vale la pena recorrer las callecitas empedradas que trepan los montes, a cual más linda, con sus entramados de madera a la vista , igual que las casas alsacianas, que se encuentran a pocos kms de allí.
A orillas del río que corre entre piedras hay un parque donde las familias hacen pic-nic los días soleados y exponen sus productos los días de mercado.
De Schiltach, llegamos a Gengenbach, pequeño pueblito, escenario del film ” Charlie y la fábrica de chocolate” con Tim Burton. Este pequeño pueblo que evoca el Medioevo tiene una gran puerta con un reloj en uno de sus accesos, fuentes, casas de colores con macizos de flores y un bellísimo edificio del ayuntamiento. (Rathaus).

Un recorrido por la Selva Negra no puede obviar la sofisticada Baden-Baden, famoso balneario termal de la nobleza europea, y centro de apuestas de casino y caballos. Fueron también los romanos los que descubrieron sus aguas termales y construyeron las primeras piscinas que se encuentran debajo del Friedruchsbad, centro termal de fines del siglo XIX ordenado por el gran duque Friederich I . Las ruinas romanas se visitan y solo tienen referencias en alemán. Cuesta creer que un centro internacional como Baden-Baden no ofrezca referencias históricas en inglés o francés.

Las termas de Caracalla se le llama hoy a un gran centro termal con cinco piscinas, exteriores e interiores donde se puede ir por un rato o un día , con venta de productos de belleza y ropa de baño, masajes y tratamientos de belleza y bienestar. Hay una réplica de este spa en Japón. Cualquiera puede ir, sacando un ticket por horas o día entero. Hay restoranes de comida sana y se ofrecen variados masajes y sesiones anti estrés.
El Casino y el Hipódromo completan las atracciones de esta ciudad, así como sus parques bellísimos, hoteles con canchas de golf y clínicas estéticas y de bienestar.

Señoriales residencias de fines del siglo XIX en calles arboladas de plátanos, me hacen acordar a algunas calles del Prado en Montevideo o de Bulevar Artigas.
Este balneario de la Belle Epoque que supo congregar la más rancia aristocracia europea, sigue siendo hoy en día un lugar donde acuden por terapias contra el reuma o simplemente a reponerse del ajetreo de la vida moderna , gente de todas partes del mundo.

Muchos días de Alemania sin hablar alemán no son aconsejables para nadie y si estamos a menos de 100 kms de cualquiera de las 3 más lindas ciudades de La Alsacia francesa, como no ir a pasar el día a una de ellas? No hablan mucho ingles en estos pueblos y tampoco francés, menos que menos español.

Elegí Mulhouse porque me gusto su eslogan: ” Mulhouse, Ma ville, Ma vie y porque ya conocía Colmar y Strasbourg, dos joyitas alsacianas.

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Esta no se iguala a sus vecinas, ni tiene las bellas casas con entramados de madera, ni vi cigüeñas paseando por sus parques, pero es una ciudad con un gran centro peatonal, solo utilizado por trolleys , con una preciosa plaza central, Place de la Reunion, bordeada de casas que pertenecieron en el siglo XVI a personas de la alta burguesía de la ciudad y ostenta el título de ” ville d’art et d’histoire “. Hay un folleto con la ruta a seguir y los nombres de los propietarios de las casas. Un pequeño bus eléctrico gratis recorre el centro histórico cada 15 minutos y la contribución que uno desee hacer es para apoyar una fundación que recupera el parque zoológico de Mulhouse y su jardín botánico. Es una iniciativa excelente para imitar. Imperdibles son las “tartas flambees ” de la región, con una masa finita casi una ostia recubierta de quesos variados, verduras, champiñones, etc – Es una pizza pero la masa no lleva levadura.

El hotel de ville , monumento histórico, merece una parada . Bellísimo edificio renacentista fue elogiado por Montaigne en su ” Voyage en Europe”, ” es magnífico y todo de oro”, dijo.

Mulhouse ha sido catalogada ” ciudad de la bicicleta” y tiene más de 300 kms de ciclo vías, además de puestos para reparación e inflado de ruedas. Una ciudad tranquila, muy limpia y aparentemente segura, ideal para hacer compras con todas las casas de marcas francesas e internacionales, muchas galerías con boutiques y un Museo del automóvil, único en Europa.

Como hoy era día de mercado, nos tiramos a verlo. Una ciudad se conoce también por lo que la gente que vive compra y come. Pues Mulhouse debe tener una población árabe muy grande porque el mercado era además una feria de telas, tules, sedas, bordadas y estampadas de todas las texturas imaginables para confeccionar túnicas y velos.
A volver pues a Alemania por una autopista gratis y sin límite de velocidad.

María Sara Broffio

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Categorías:Historias de viajeEtiquetas: ,

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